Por tercera vez lo llamaron por teléfono. Era de madrugada y vivía solo. Telefoneó a un taxi y lo llevó hasta Córdoba. No había prisa pero el helicóptero no llegaría hasta las 10 de la mañana...Pidió al taxista que lo dejara en un parque porque quería ver amanecer una vez mas. No hacía frío ni calor; era un día de verano con tregua de ola de calor. La ciudad se despertaba y en los árboles del parque los pájaros cantaban a la vida nueva. Sonrió como si ese amanecer fuera una bienvenida o una despedida...Se cansaba, se emocionaba, se sorprendía como un niño lo hace con algo que le llega al corazón. Ya pasa una hora y media de quietud y de tranquilidad; de hablarle a su corazón como si fuera una despedida eterna.
La gente cruza por el parque ausente. Muchos no dejan de ver su móvil y otros tantos me miran a estas horas del amanecer donde es raro ver sentado a alguien en un banco. Madres y padres pasada una hora llevan a sus hijos a la escuela y las ambulancias siguen y siguen circulando a toda velocidad con su mirada que se pierde hasta el fondo de Conde de Vallellano. Con ganas se tomaría un café con unas tostadas en un Roldán que hay cerca pero no puede.
Llegan las 9 de la mañana. Suena el móvil para preguntarle si ya está en Córdoba y el dice que si. Le dicen que ya debería de estar allí. Sale a la avenida y para un taxi para que lo lleve al hospital. Llega a la segunda planta del Reina Sofía y una enfermera le atiende en planta. Le hacen una preguntas, firma documentos, lo desnudan y lo duermen...
Al siguiente día abre los ojos con un corazón nuevo...