Cuando los años no cuentan hacia adelante, cada día es una cuenta atrás...Tenía miedo al paso del tiempo y su mujer no mejoraba. Los planes de hacer realidad deseos por tener tiempo libre después de jubilarse y de vivir esos viajes soñados como si fueran una luna de miel, se vieron truncados con un diagnóstico: una muerte segura...que no tardó en venir.
Se vió solo e indefenso en su piso céntrico de Córdoba. Paseaba casi ausente porque la casa le ahogaba por una soledad llena de recuerdos...Avenida de América, Ronda de los tejares, Plaza Colón, Santa Marina, Avenida de las Ollerías y vuelta a su calle. Desayunaba y pagaba siempre en la misma cafetería. Las camareras le tenían puesto un calificativo por llamarlo de alguna manera: "El ausente". Siguieron pasando los días plomizos de otoño y el paseaba sumido en una nostalgia llena de recuerdos y sueños rotos por cumplir. Cada mañana entraba en la cafetería y se pedía lo mismo, pagaba, iba al servicio y se iba sin decir adiós...
Alguien sí se fijó en el. Le daba pena ver a ese hombre con soledad en la mirada pero con una elegancia de espíritu que la llenaba de curiosidad por saber quién era. A veces se lo cruzaba y lo miraba fíjamente por si el la miraba, tan sólo para decirle adiós o buenos días...
Ella también estaba jubilada pero con ilusión por vivir; de darse a la gente con el corazón abierto y vivir sus sentimientos para compartirlos en vez de hundirse en la miseria de lo cotidiano. Se cruzaba con el muchas veces y tuvo la tentación de saludarlo o de decirle hola, buenos días, desayunamos todos los días en la misma cafetería...pero no se atrevía. Sabía por intuición que ese hombre era bueno y eso la enternecía mucho más. Una mañana se deció dar el paso. Le diría que se lamaba Irene, que vivía cerca de el y no sabría que mas cosas contarle porque decir que también estaba sola perecería interpretarlo como algo fuera de lugar.
Rafael estaba siempre para sus adentros. Dejaba una buena propina en el bar y se marchaba sumido en sus pensamientos como quién está preso de un problema que no lo deja vivir en paz.
Llegaban los días de Navidad y sentir la soledad era algo más acuciante, más cruel para quién tiene un corazón sensible. Aquella tarde Rafael estaba comprando en un super que hay en la Plaza de Colón y ella también. Con la mirada le perseguía y nada más verlo, las compras le delataban de que no sabía comprar: Este hombre es un desastre, pensó. Algo había en su corazón de mujer que le decía haberlo conocido en otro tiempo, fuera de Córdoba, hace tanto tiempo de eso...cuando se sintió enamorada de un chico en un pueblo de la provincia pero de eso, hace tanto tiempo...Reunió valor y se hacercó a Rafael pare decirle que aquellas gambas no eran buenas, que mejor estaban los langostinos y que aquel turrón era el mejor por ser de Rute.
Rafael se disculpó y le preguntó que quién era. -¿Se llama usted Rafael Expósito?-le preguntó- y el respondió que no, que se llamaba Écija de apellido. Usted es la mujer que coincide conmigo en el desayuno verdad...y ella dijo que sí con la cabeza baja, casi con vergüenza...Mire usted, no soy ajeno a la gente con la que me cruzo por donde voy. Sé que cuando nos juntamos en la cafetería me observa como me observa tanta gente con la que me cruzo porque soy alguien que da la nota. Si quiere ahora después de comprar nos tamamos un café, yo la invito. No suelo relacionarme con mucha gente, la verdad es que aparte de con mi mujer, he sido un solitario y un observador de todo el mundo además de que le agradezco su interés por mi. Es ese detalle que ha tenido por acercarse a mi me dice que usted que es buena persona y yo muy al contrario de lo que parezco, soy muy directo con la gente. Gracias por los consejos de las gambas y los langostinos además del turrón de Rute pero lo que más disfruto en estos momentos es haber adivinado su buén corazón.
Fué franco y sincero en la respuesta. Tan sólo mintió en una cosa: su apellido, era Expósito.