Trabajamos en turnos de 12 horas y nos lo pagan pero el trabajo nos deja exhaustos muchas veces. La oficina es milimétrica y en ella trabajamos 3 administrativos: Juan con el que llevo 7 años de compañera y Daniel que se ha incorporado hace dos semanas en defunción de Enrique que era mi mejor amigo.
El nuevo lleva ropa de marca, perfume además de aseado. No habla mucho, solo lo necesario cuando se le pregunta. Es puntual y si puede hacerte un favor te lo hace. Tiene un auto como comprado de 5ª mano pero aparte de todo eso, creo que tuve suerte de no caer con alguien conflictivo. Sin embargo sus silencios me agobian porque es un hombre hermético que se entrega solamente al trabajo...
Siempre trae su comida en fiambreras térmicas y termos.
Nos hemos habituado a su convivencia. Al principio lo taché de antisocial y después me dio tristeza verlo así. Como mujer tenía curiosidad de indagar en su persona porque sea como fuese, creo que era una buena persona y...pasaban los años así de esa manera y a mi el misterio me atrae como la curiosidad de una gata. Le consulté a Juan si por Navidad lo invitáramos a un café con unos dulces porque ya llevábamos dos años y la intimidad personal no existía. A veces soñaba con su perfume varonil, recordaba su atuendo impecable y me hacía imaginar todas las cosas que soñé por un hombre... Sacarle una palabra de su vida cotidiana era poco menos que imposible y mi atracción aumentaba cada vez mas si cabe...
Había días que lo observaba cada dos por tres mientras nuestra convivencia me atraía a el cada vez mas hasta que al fin, rompí su silencio...
Lo invité a mi apartamento un fin de semana para almorzar y el aceptó. Poco a poco se fue abriendo en sinceridad aquella tarde y me confesó que su vida se fue a la ruina por culpa de la crisis y que lo tuvo que vender todo. De esa manera encontró trabajo en nuestra empresa. Es educado, de buenas maneras, culto pero muy reservado...
Pasaban los días y le regalaba a Juan y a el trozos de bizcocho hechos por mi y un viernes, después de tantos años de silencios y años de convivencia, nos tratábamos como amigos.
Llegó un viernes y su coche prehistórico se negaba a arrancar. Quise llevarlo a su casa mas que nada por saber dónde vivía pero se negaba alegando que vivía cerca. Yo insistí y el aceptó.
Tomamos la salida 80 de la autovía y allí no había nada. Nos desviamos a una carretera sin asfaltar que nos llevaba a un puente y al bajar del coche, tan solo había una chabola con dos senegaleses que le saludaron: Esa era su casa...
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